En las
crudas mañanas de otoño, vestir a un niño antes de llevarlo al colegio es un
quebradero de cabeza. Hace mucho frío y nos da miedo que las bajas temperaturas
hagan mella en su salud y que un resfriado lo obligue a estarse una semana en cama y perder clases. ¿Cuánto
debemos abrigar a nuestro hijo cuando hace frío? ¿Es mejor pasarse o quedarse
corto?
Así que, por el bien del peque y de su
rendimiento escolar, muchos padres forran literalmente a su hijo: varias
camisetas, jersey, abrigo, guantes, bufanda, gorro, orejeras, polar...
¿Exageran o hacen bien? ¿Cuál es la medida exacta?
Pensamos que a los niños les afecta igual la
temperatura, que a nosotros.
Su "termostato" es igual que el de los adultos: sienten el calor o el
frío con la misma intensidad que nosotros.
Hay que tener sentido común: si tú no vas a
la oficina en otoño o en invierno disfrazado de alpinista, tampoco tu hijo. Es más: en
general, los niños son menos vulnerables al frío porque son más activos
-corren, saltan, no paran- y eso mantiene más caliente su organismo.
Los expertos en salud coinciden en que las
zonas del cuerpo más sensibles a las bajas temperaturas son las manos, los pies
y las orejas. Y, en particular, el viento frío afecta especialmente al oído
medio. Por tanto, calcetines gruesos, guantes y un gorro que cubra las orejas o
unas orejeras son elementos muy útiles para tu hijo en días crudos de invierno.
¿Es malo abrigarlos demasiado? Tampoco tenemos que
preocuparnos en exceso si nos hemos "pasado": en ningún caso es
perjudicial para la salud del niño. Eso sí, puede resultarle desagradable e
incómodo, ya que sudará y el sudor permanecerá atrapado por las sucesivas capas
de ropa. Debemos de utilizar el sentido común: un poco menos abrigado, tu hijo
saldrá a la calle igual de protegido y además estará cómodo.